Inédito

Reconocer una persona desde lejos,
y cuando digo desde lejos
digo media cuadra, mínimo,
saliendo del kiosco,
detrás de la tranquera,
en la parada del 92,
en el corazón del monte.
Reconocer una persona desde lejos,
su paso cansino,
el gesto de su cuerpo,
el titilar de sus ojos,
su movimiento calmo
entre la multitud de una vereda
que ya no caminamos más.
Reconocer una persona desde lejos,
no importa la última vez que la vimos,
puede ser hace dos horas o veinte años,
su aura se distingue, se intuye,
allá está, es, siempre es,
dudar un segundo,
pero saber que es.
Reconocer una persona desde lejos
entre el tumulto veraniego
de la costa argentina,
en el baile, en Retiro,
en el corso, en Donostia,
en el barrio, en Plaza de Mayo,
en el parque, en el Monumental.
Reconocer una persona desde lejos
en el vaivén de todos los sentimientos,
en la distancia exacta
que ilumina el fuego del cariño,
del deseo, o de ambos,
que juntos son el espectáculo
de enamorarse y darse cuenta.

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